ENSAYO

Quiero que seas tú

Víctor Silva

A veces miro nuestra vida y aparece una frase muy sencilla: quiero que seas tú.

No es algo que piense porque esté decidiendo entre posibilidades. Tampoco es una promesa sobre dentro de treinta años. Es más parecido a una constatación. Miro lo que estamos viviendo, te miro a ti, nos miro a nosotros, y aparece: sí, quiero que seas tú.

Y decirlo me lleva inevitablemente a preguntarme qué estoy diciendo realmente.

Porque tú no eres la mujer que conocí. Esa mujer ya no existe exactamente. Y yo tampoco soy el hombre que conociste. Seguimos teniendo nuestros nombres, nuestra historia, un cuerpo que reconocemos, recuerdos que nos pertenecen, pero estamos siendo. Cambiamos. Nos movemos. Descubrimos cosas, dejamos otras, atravesamos épocas, nos caemos, nos levantamos, nos cansamos, nos entusiasmamos. A veces nos entendemos y otras veces tenemos que volver a encontrarnos.

Quizá por eso me gusta tanto conquistarte.

Y sé que la palabra puede sonar extraña, porque conquistar suele significar conseguir algo hasta hacerlo propio. Yo no la siento así contigo. No quiero conseguirte. No tengo nada que conseguir. Sé que me amas. Sé que me eliges. No vivo pendiente de que eso pueda desaparecer. Lo que me gusta es seducirte. Coquetearte. Estar presente. No dar por hecho que porque un día nos encontramos ya no tenemos que seguir encontrándonos.

Nunca llego al punto de poder decir: ya sé quién eres.

Y eso me gusta.

Me gusta la mujer que eres siendo.

Admiro tu valentía. El arrojo con el que eres capaz de entrar en lugares que muchas personas preferirían bordear. Te he visto confrontar tus miedos, mirar tu historia, entrar en el dolor sin hacerte pequeña frente a él. Me gusta tu fuerza. Me gusta esa mujer que no se deja de nadie, que no le tiene miedo a ocupar su espacio. Me pareces poderosa. Me pareces bonita. Me pareces tremendamente sexy.

Pero también hay otra cosa en ti que me conmueve de una manera distinta: tu capacidad de asombro. La forma en que miras la luna. Un atardecer. Cómo puedes sentarte debajo de un árbol o acostarte en el pasto y simplemente estar ahí. Hay algo inocente en eso, no ingenuo: una capacidad de dejarte tocar por la belleza que todavía me sorprende.

Y has ido modificando mi propia mirada sin intentar hacerlo. Ahora puedo estar solo, mirar una luna hermosa y disfrutar la luna por sí misma, pero apareces tú. No porque la luna necesite recordarme a ti para ser bella. Es bella. La miro y la disfruto. Pero algo de tu manera de mirarla ya entró en mi experiencia.

Eso ocurre mucho entre nosotros.

Tú me traes al juego, al baile, al disfrute, al cuerpo, al gozo, a detenerme frente a algo bello. Yo entro en tu vida con mi manera de mirar las cosas, mi pragmatismo, mi famoso “¿para qué darme mala vida?”, mi insistencia en mirar lo que hay delante y ver qué hacemos con eso. Hace tiempo habría dicho que esa era mi filosofía. Ahora no sé si puedo decirlo tan fácilmente. Hay cosas que comenzaron siendo muy mías y que ya están atravesadas por nuestra historia. Te he influenciado. Tú me has influenciado. No pensamos igual ni quiero que lo hagamos. Justamente ahí está parte de la belleza: no necesito que seas como yo para poder compartir la vida contigo.

Nos afectamos.

Y me gusta.

Quizá ahí está algo de lo que alguna vez intenté decir cuando dije que juntos sumamos más que dos. No porque entre nosotros haya aparecido una tercera persona misteriosa llamada “la pareja”. No existe alguien por encima de ti y de mí a quien tengamos que obedecer. Existes tú. Existo yo. Y existe algo que ocurre cuando nuestras dos vidas se encuentran.

Existe un nosotros.

Y amo ese nosotros.

Lo extraño es que, para mí, ese nosotros solo puede existir porque seguimos siendo dos. No quiero una vida en la que alguno tenga que desaparecer dentro del otro. No quiero que dejes de ser tú para caber conmigo. Tampoco quiero dejar de ser yo para caber contigo. No necesito que sintamos lo mismo, reaccionemos igual ni tengamos siempre las mismas direcciones. Hay una vida tuya. Hay una vida mía. Y dentro de ellas hemos ido haciendo una vida nuestra.

Eso es hogar para mí.

Y hogar tampoco es una casa. La casa puede ser una forma. Igual que los viajes, los proyectos, el dinero, Ancestrina, los libros, las cosas que imaginamos y las que nunca imaginamos. Todo eso puede estar o dejar de estar. Son formas dentro de algo mucho más cotidiano.

Nuestro hogar ocurre viviendo: conversando, bailando, riéndonos, discutiendo, haciendo el amor, trabajando, estando cansados, estando felices, estando bajoneados, cuidándonos, dejándonos tranquilos, mirando una luna, acostándonos en el pasto. También en esas fricciones pequeñas que de repente nos muestran algo que no habíamos visto y nos obligan a volver a mirarnos. No tenemos que sentarnos todos los días a revisar nuestra relación como si administráramos una empresa. La propia convivencia va hablando. Algo roza. Algo incomoda. Algo cambia. Algo se vuelve hermoso. Y cuando aparece, lo miramos.

Eso también es estar presentes: no dar por sentado que sé quién eres solo porque llevo tiempo contigo; no relacionarme únicamente con la imagen que tengo de ti; poder encontrarme con quien estás siendo hoy y permitirte hacer lo mismo conmigo.

Hay días en los que eres fuerte y expansiva. Otros en los que estás cansada, triste, brava o cerrada. Yo también tengo mis formas. No amo únicamente las tuyas que me resultan cómodas. Eso sería una idea muy pequeña del amor. Puedo preferir unas cosas y no otras. Puedo no estar de acuerdo contigo. Podemos discutir. Puedo poner límites. Tú puedes ponerlos conmigo. Amar no significa que todo me guste ni que todo tenga que caber en la vida que quiero vivir.

Pero yo no sé partirte en pedazos para amarte.

No sé decir: amo esta Marce pero aquella no.

Te amo a ti, en tu estar siendo.

Y cuando pienso en eso encuentro una relación muy parecida con algo que también llevo mucho tiempo sintiendo frente a la vida. Amo la vida. Amo el suceder sucediendo. Eso no significa que me guste todo lo que ocurre. Hay formas que deseo y otras que no. Hay dolor que no elegiría. Hay situaciones de las que saldría. Hay cosas a las que digo no. Pero mi amor por la vida no depende de que la vida adopte únicamente las formas que prefiero.

Contigo siento algo parecido.

Te amo.

Y hoy, cuando digo que te amo, no puedo separar ese amor del deseo de compartir mi vida contigo. No sé qué diré mañana. Yo qué sé mañana. Mañana todavía no está aquí. Pero hoy esas cosas vienen juntas: te amo y quiero hacer vida contigo.

Y hacer vida contigo ha significado también descubrir cosas de mí que no sabía que todavía estaban esperando ser vividas. Durante buena parte de mi vida repetí una frase con bastante orgullo: yo puedo solo. Y es verdad. Puedo solo. Lo he hecho muchas veces.

Lo que tardé más en descubrir es que debajo de “yo puedo solo” había otra frase bastante distinta:

a mí me toca solo.

No era solamente capacidad. Había algo más. Una historia donde caer podía significar quedar expuesto. Donde sentirse vulnerable no siempre había sido un lugar seguro. Algo en mí aprendió que cuando uno está herido lo mejor es recogerse, esconderse un poco, resolver y después volver a salir.

Soy como un animalito cuando me enfermo. Me enconcho.

La última vez que me resfrié volvió a aparecer exactamente eso. Me sentí enfermo, desprotegido, y me fui de nuestro cuarto. Me levanté y me fui a otro cuarto a meterme en mi concha. Tú saliste un rato después. No entraste. No decidiste por mí que yo necesitaba que me cuidaras. No invadiste mi escondite. Me pediste que volviera a nuestro cuarto.

Me invitaste a estar vulnerable contigo.

Y volví. Me cuidaste.

Parece una escena pequeña. Un hombre resfriado, una mujer que le pide volver a la cama. Pero algo se rompió ahí. Yo creía que ese cascarón ya estaba roto. Habíamos hablado. Habíamos tenido otros momentos, otros roces, otras pequeñas caídas. Ya había aprendido mucho de nuestra historia. Y, sin embargo, ese día entendí que todavía quedaba una capa.

No descubrí que no pudiera solo.

Descubrí algo mucho más bonito:

ya no me toca solo.

Todavía me conmueve escribirlo.

Porque no siento que haya perdido nada de mí al poder dejarme cuidar. No me hice menos fuerte. No entregué mi vida. No dejé de ser autor de lo que me estaba pasando. Simplemente regresé al cuarto. A nuestro cuarto. Y pude estar enfermo junto a ti.

Quizá eso también sea hogar: un lugar donde puedo caer sin tener que dejar de ser yo.

No apareció de la noche a la mañana. Lo construimos. Está hecho de pequeñas experiencias, discusiones, momentos en los que cada uno pudo comprobar algo del otro. Es patrimonio nuestro. Cada vez que ocurre algo nuevo no empezamos desde cero. Llegamos con todo eso detrás. Por eso cuando digo que amo nuestro nosotros no estoy diciendo solamente que amo estar acompañado. Amo la forma particular en que podemos ser singulares juntos.

Dos estar siendo caminando dentro del suceder sucediendo.

No nos completamos. No creo que tú hayas llegado a llenar una mitad que me faltaba. Tampoco siento que yo haya llegado a completarte a ti. Me gusta mucho más lo que realmente ocurre: nos encontramos, nos afectamos y seguimos siendo. A veces tu movimiento me mueve. Te veo crecer, confrontarte, atreverte, y algo en mí también quiere moverse. No porque estemos compitiendo para ver quién llega más lejos. Es un juego mucho más bonito: tú estás siendo, yo estoy siendo, y al estar presentes en el estar siendo del otro nos invitamos mutuamente a no quedarnos convertidos en una fotografía.

Y mientras eso ocurre, nuestro nosotros también está siendo.

No tiene una forma final. Eso es quizá lo que más me gusta de construir contigo. Durante mucho tiempo utilicé “construir una vida” como si construir implicara llegar a algo: una casa, un proyecto, una estabilidad, una forma reconocible que algún día pudiéramos mirar y decir: esto es lo que hicimos.

Hoy siento otra cosa.

Construir nuestra vida es vivirla.

No estamos haciendo una vida para poder vivirla después. Es esto: este día, la conversación de anoche, el desayuno, una discusión, el sexo, la luna, una enfermedad, una carcajada, un viaje si llega, una tarde cualquiera si no llega ningún viaje. Los proyectos pueden terminar. Una casa puede acabarse de construir. Un libro puede llegar a su última página. Una empresa puede alcanzar determinado tamaño. Nuestra vida no funciona así.

Mientras exista este nosotros, seguirá haciéndose porque tú seguirás siendo, yo seguiré siendo y el encuentro seguirá tomando formas que hoy ni siquiera conocemos.

Quizá por eso cuando miro nuestra vida no siento ganas de garantizar nada.

Siento ganas de vivirla.

Contigo.

Y hoy, en tu cumpleaños, hay algo especialmente bello en pensar esto. Antes de ser mi pareja, antes de nuestro hogar, antes de todas las cosas que hemos construido, ocurrió algo mucho más elemental: naciste.

Existe una vida Marce. Una vida que no empezó para encontrarme. Que tiene una historia que no me pertenece, caminos recorridos antes de mí, heridas, deseos, decisiones, un cuerpo, una mirada, contradicciones, fuerza, miedo, belleza y una manera completamente tuya de estar en este mundo.

Esa vida sigue siendo.

Y en algún momento se encontró con la mía.

No necesitaba ocurrir.

Ocurrió.

Y de ese encuentro fue apareciendo algo que hoy amo profundamente: tú, yo, nosotros, nuestro hogar, nuestra vida.

No necesito saber qué forma tendrá dentro de treinta años para saber cuánto significa ahora. No necesito prometerte una versión futura de mí que todavía no existe para darle peso a lo que siento hoy. Hoy puedo mirar esta vida, mirar a la mujer que está siendo junto a mí, mirar todo lo que hemos ido haciendo mientras simplemente vivíamos, y reconocer algo que quizá tú ya sabes perfectamente, pero que yo quería poner alguna vez entero en palabras.

Te amo.

Amo nuestra vida.

Amo nuestro nosotros.

Amo nuestro hogar.

Amo construir viviendo contigo.

Y cuando miro todo eso, entre todas las cosas que podría intentar decir, sigo encontrando una frase muy simple.

Quiero que seas tú.