ENSAYO

Desear sin dejar la vida pendiente

Víctor Silva

Quiero cosas. Quiero dinero, terminar libros, que algunos proyectos crezcan, determinadas experiencias, relaciones, lugares. Hay cosas que quiero poco y otras que puedo querer durante años. Algunas desaparecen casi tan rápido como aparecen; otras empiezan a ordenar decisiones, tiempo, trabajo y recursos. No necesito encontrar detrás de cada deseo un propósito superior. Puedo querer dinero porque quiero dinero y escribir un libro porque quiero ese libro. Después podría descubrir qué de mi historia participa en ese deseo, qué otras cosas busco a través suyo o por qué esa forma me atrae, pero no hace falta saberlo para reconocer algo mucho más sencillo: quiero esto. La vida va tomando formas. Algunas aparecen sin que yo las haya pedido y otras las busco; algunas duran segundos y otras pueden acompañarme durante décadas. Desear puede ser simplemente querer que una forma aparezca, continúe, cambie o desaparezca.

A veces ese querer se queda ahí. Otras veces decido ir hacia la forma que deseo. Quiero escribir un libro y escribo; quiero graduarme y estudio; quiero cierta cantidad de dinero y empiezo a organizar acciones para conseguirla. Una posibilidad futura modifica entonces lo que hago hoy, y no veo ningún problema en eso. Buena parte de construir consiste precisamente en permitir que algo que todavía no existe influya sobre decisiones presentes. Incluso puedo hacer cosas que no me gustan porque conducen hacia una forma que quiero. Estudio una materia que detesto porque necesito aprobarla para graduarme y, si mañana me dicen que ya no la necesito, probablemente la abandono. Era un medio. Pero mientras la estudiaba seguía siendo parte de mi vida. Lo instrumental también es vida.

Por eso no me convence demasiado la oposición entre vivir el presente y construir el futuro. Si la tomáramos en serio, cualquier proyecto terminaría siendo sospechoso. Comprometerme con algo significa introducir futuro en mis decisiones de hoy. Puedo ahorrar durante años, estudiar, trabajar más, renunciar a otras posibilidades o dedicar una parte enorme de mi vida a algo que todavía no existe sin que por eso esté viviendo fuera del presente. El problema empieza en otro lugar. Empieza cuando aparece una frase perfectamente normal que, algunas veces, contiene algo más de lo que parece: cuando me gradúe, cuando me asciendan, cuando me case, cuando tenga dinero, cuando termine este proyecto. Muchas veces esas frases solo describen una secuencia real. Cuando me gradúe podré ejercer determinadas funciones; cuando tenga el dinero podré comprar aquello. Pero a veces detrás del «cuando» aparece un «ahí sí». Cuando ocurra esto, ahí sí.

En ese momento la forma futura puede dejar de ser solamente aquello hacia lo que voy y empezar a convertirse en el lugar desde el que vivo antes de que exista. Lo que ocurre ahora empieza entonces a quedar definido como un «todavía no»: todavía no me gradué, todavía no llegué, todavía no tengo, todavía no soy. Y ahí veo una diferencia que me importa. Una cosa es estudiar para graduarme y otra vivir siendo el que todavía no se ha graduado. Una cosa es construir un proyecto y otra vivir desde el proyecto que todavía no existe. En el primer caso, una forma futura da dirección a mis acciones. En el segundo, lo que está siendo empieza a funcionar como antesala de otra realidad. A eso empiezo a llamarlo desplazamiento.

No depende de cuánto falte. Puedo trabajar durante veinte años hacia una forma futura y estar; también puedo desplazarme en segundos. Por eso el problema no es presente contra futuro. El futuro puede estar lleno de mí sin que yo esté instalado en él. Puedo pasar una tarde entera planeando algo para dentro de diez años y, si estoy planeando, eso es exactamente lo que está ocurriendo. Puedo recordar algo de hace treinta años y estar recordando. Puedo imaginar, fantasear, anticipar. El tiempo al que apunta mi pensamiento no decide dónde estoy.

Cuando estoy, estoy.

Me cuesta definir esa frase porque, en cuanto intento convertirla en una acción, la estropeo. Estar no es observarme estar, vigilarme, recordarme que debo volver al presente ni intentar alcanzar un estado llamado presencia. Si estoy pensando en cómo estar presente, incluso puedo desplazarme hacia una presencia que todavía no tengo. Por eso la diferencia no está en que el contenido de mi experiencia pertenezca al pasado, al presente o al futuro. Está en otra parte. Si estoy teniendo sexo pero mi experiencia queda instalada en «no quiero eyacular», ya estoy colocado en una eyaculación futura que intento evitar; no estoy simplemente en el sexo que está ocurriendo. Si una experiencia entera empieza a organizarse alrededor de «cuando esto termine», ya hay algo de mí instalado en ese momento posterior. No digo que esté mal. No estoy intentando construir una moral de la presencia. Solo estoy distinguiendo dos maneras diferentes de estar en la experiencia.

Estar tampoco significa conformarme. Puedo mirar lo que ocurre y decir simplemente: esto es así. No que esté bien, que me guste o que quiera conservarlo. Es así. Y precisamente porque es así puedo moverme hacia otra forma. Presencia no significa quedarme. No significa que la forma actual tenga que satisfacerme. Puedo querer cambiarla con toda mi fuerza. La diferencia es que el movimiento parte de donde estoy y no de donde todavía no estoy. Quizá eso sea lo que el «cuando» puede ocultar: mientras una forma todavía no existe, puedo imaginarla con una estabilidad que casi nunca tendrá cuando llegue.

Durante cinco años puedo pensar «cuando me gradúe» y colocar el grado allá adelante como un punto fijo. Después llega el día. Me gradúo. Hay ceremonia, fotos, celebración; puede ser uno de los días más importantes de mi vida. Y pasó. Al día siguiente mando hojas de vida. Consigo trabajo o no. Aprendo, me equivoco, pago cuentas, cambio de empresa, quizás ejerzo durante cuarenta años o quizá descubro que no quiero ejercer. Aquello que durante años parecía una llegada se convierte inmediatamente en otra forma dentro de una vida que continúa. Eso no significa que no se llegue. Claro que se llega. Un libro puede terminarse, una carrera puede terminar, una cifra puede alcanzarse, una casa puede comprarse, una boda puede ocurrir. Las formas tienen culminaciones reales. Lo que no parece culminar con ellas es el estar siendo.

Termino el libro y sigue siendo martes. El libro puede importarme muchísimo y puede cambiar mi vida; simplemente ahora hay un libro terminado dentro de una vida que continúa. Algo parecido me pasa con frases como «cuando me gradúe seré abogado». Entiendo perfectamente el sentido cotidiano: tendré un título, podré ejercer, quizá trabaje como abogado durante cuarenta años. Lo que me hace ruido es otra cosa: ahora soy esto y después seré aquello, como si hubiera una fotografía actual que algún día fuera reemplazada por una fotografía definitiva. Me resulta más fiel pensar que estoy estudiando, me gradúo, trabajo como abogado, quizá continúo, quizá cambio, mientras sigo estando siendo. La forma puede ser enorme sin agotar lo que estoy siendo.

Y puede ocurrir algo todavía más sencillo: que esa forma nunca llegue. Estoy escribiendo un libro, quiero terminarlo, trabajo durante años y muero mañana. El libro quedó incompleto. No hace falta salvarlo diciendo que lo importante era el camino. Yo quería terminarlo y no lo terminé. Esa forma quedó pendiente. Pero mientras escribía, la vida no estaba esperando la última página para empezar; estaba ocurriendo. Puedo morir con libros sin terminar, viajes que no hice, conversaciones pendientes y proyectos abiertos. Eso significa que quedaron formas incompletas. No necesariamente que existiera una versión completa de mi vida esperando detrás de ellas.

Por eso que mañana no esté garantizado no me invita a exprimir desesperadamente el presente ni a abandonar proyectos largos. Puedo construir algo para dentro de treinta años sabiendo que quizá no llegue a verlo. Mañana simplemente todavía no está. Hoy están mi deseo por esa forma, mi trabajo, mis decisiones, mi imaginación y mis planes. Si mañana llega, será entonces. Y si no llega, habrá formas que quedaron pendientes.

Quizá eso sea, finalmente, desear sin dejar la vida pendiente. No querer menos, no desapegarme del resultado, no conformarme con lo que hay. Puedo querer con toda mi fuerza algo que todavía no existe, ir hacia ello durante años y sufrir si no ocurre. Lo que no necesito es vivir desde allá antes de que llegue.

La forma puede quedar pendiente. La vida no.

Hoy hay esto. Y cuando estoy, estoy.