Mi encuentro con el rapé: el relato de Marcela Gómez

Relato de Marcela Gómez. Edición y publicación: Ancestrina.

El rapé llegó a mi vida en un momento en el que sentía que la vida se me escapaba.

Yo ya llevaba muchos años buscando, estudiando y trabajando en mí. Había hecho Vipassana, mindfulness, MBSR, formaciones en compasión y felicidad en Stanford University y Berkeley, y había leído muchísimo. Tenía muchas herramientas. Pero de repente la vida me levantó el piso y sentí que ninguna de ellas era suficiente para lo que estaba viviendo.

En 2021, todavía en pandemia, mi papá —que era mi rey, mi soporte emocional, espiritual y económico— fue diagnosticado con una enfermedad terminal. Al mismo tiempo, yo empezaba a entender algo que llevaba mucho tiempo sin querer mirar de frente: estaba muy mal casada. Mi matrimonio no iba para ningún lado y tenía dos hijos muy pequeños.

Me sentía profundamente confundida y perdida.

Un tiempo antes, en el 2019, me habían regalado How to Change Your Mind, de Michael Pollan. Ese libro me abrió un mundo que yo ni siquiera sabía que existía. Empecé a leer todo lo que encontraba sobre medicinas ancestrales y psicodélicos.

En retrospectiva, creo que tenía una mirada bastante romántica. Había leído mucho sobre experiencias maravillosas y transformadoras, incluso de personas con cáncer. Cuando mi papá enfermó, lo primero que quise fue encontrar algo que pudiera ayudarlo.

Su salud se deterioró demasiado rápido y entendí que no iba a ser posible.

Entonces empecé a buscar para mí.

Sin saber realmente mucho, llegué a un lugar que encontré por Instagram. Ni siquiera verifiqué credenciales. Hoy, después de todo lo que he aprendido y de los años que llevo trabajando con estas medicinas, reconozco que fue bastante irresponsable hacerlo así. Pero en ese momento no tenía el conocimiento que tengo ahora. Había leído muchísimo sobre todo lo que podía salir bien y muy poco sobre lo que podía salir mal.

En esa experiencia me ofrecieron rapé.

Yo ni siquiera sabía qué era. Me hablaron de diferentes rapés y escuché las palabras cacao y alegría. Pensé: “Eso es exactamente lo que necesito”.

Y acepté.

Mi primer encuentro con el rapé fue fuerte. Para mí, el soplo implica también un intercambio energético, y sentí con mucha intensidad la energía de la persona que me lo aplicó. Durante algunos minutos me sentí maluca: se me bajó un poco la presión y tuve náuseas.

Pero cuando pasó el malestar pensé: qué medicina tan bonita.

Tanto, que le tomé una foto al frasco.

Cuando llegué a mi casa busqué en internet el nombre que aparecía ahí: Ancestrina.

Así conocí a Víctor.

Primero fue por chat. Desde el comienzo fue muy abierto conmigo. Me hizo preguntas, me explicó muchas cosas que yo no sabía y empezó a acompañarme. Con el tiempo se convirtió en una guía importantísima en mi camino con el rapé y con las medicinas ancestrales.

En el rapé encontré centro, fuerza y claridad. Me sostuvo mientras atravesaba algunos de los momentos más difíciles de mi vida.

Pero no hizo desaparecer mi realidad.

Mi papá siguió enfermo y tuve que atravesar su muerte. Mi matrimonio no se arregló por recibir rapé. Tuve que mirar mi vida de frente, tomar decisiones difíciles, hacer terapia, sentir muchísimo y hacerme responsable de cambiar lo que ya no podía seguir sosteniendo.

Para mí esa diferencia es importante.

El rapé no vino a vivir mi vida por mí.

Me ayudó muchas veces a volver a mí para poder vivirla. Me dio centro para atravesar los duelos y me ayudó a soltar cuando necesitaba seguir adelante.

Y eso sigue siendo lo que representa hoy.

La vida tiene sus ritmos, sus altos y sus bajos. Hay momentos en los que ganamos y momentos en los que perdemos. Momentos de enorme gozo y otros de incertidumbre, tristeza, miedo o cansancio.

El rapé me acompaña en todos ellos.

Cuando tengo demasiado ruido adentro, me ayuda a regresar al silencio. Cuando estoy dispersa, a centrarme. Cuando atravieso algo difícil, me da calma. Cuando estoy tratando de controlar demasiado, me ayuda a soltar.

Y, sobre todo, me permite encontrarme con la sabiduría que habita en mí.

No siempre encuentro una respuesta. A veces encuentro simplemente silencio, presencia, una respiración más profunda y la posibilidad de estar con lo que hay sin tener que resolverlo inmediatamente.

Con los años mi relación con el rapé también ha cambiado. Ya no lo miro desde aquella fascinación inicial ni espero que una medicina haga por mí el trabajo que me corresponde hacer.

Lo vivo como un aliado.

Una medicina que me recuerda volver al cuerpo, al presente, a mi centro y a esa parte de mí que sabe, incluso cuando mi cabeza todavía no entiende.

Mirando hacia atrás, todavía me conmueve pensar que aquel primer frasco al que le tomé una foto terminó trayéndome hasta Ancestrina.

Yo estaba buscando algo que me ayudara a sostenerme cuando sentía que mi vida se estaba desarmando. Nunca imaginé que ese camino terminaría transformando también mi manera de vivir, convirtiéndose en parte de mi propósito y llevándome a acompañar a otros.

A veces pienso que yo encontré el rapé.

Y otras veces siento que el rapé me encontró a mí.

Hoy sigo trabajando con el rapé de manera constante. Me acompaña en mi día a día y cuando atravieso algún problema. En esos momentos, me ayuda a volver a mí y a encontrar cómo transitar lo que estoy viviendo.

Y hay algo que valoro especialmente: en mi experiencia, me ayuda a dormir. También por eso sigue siendo un aliado en mi vida cotidiana, además de acompañarme en los momentos difíciles.

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