ENSAYO

Mi padre

Víctor Silva

Víctor Silva junto a su padre, Félix Silva Piedrahita.

Mi padre murió.

El domingo, a las ocho de la mañana, recibí un mensaje de mi hermano con la noticia. Lo leí por encima, todavía concentrado en lo que estaba haciendo, y seguí con mis cosas. Me permití sentir la tristeza que me produjo y fui a despertar a Marce; al contárselo lloré un poco con ella. A su lado he aprendido a compartir esas cosas que durante buena parte de mi vida preferí guardarme, a sentir y expresarme en compañía.

Han pasado unos días y aquí estoy, intentando escribir sobre él. A veces, mientras recuerdo, se me salen las lágrimas, algo que no me pasa muy a menudo, y después puedo seguir con mi día. La verdad, no sé muy bien qué siento. O quizá sí lo sé, pero no necesito sentirlo de una manera particular. Mi padre murió y eso me entristece; la tristeza aparece, se queda conmigo un rato y después se va, sin ocuparlo todo. La mayor parte del tiempo me siento más bien pensativo.

Llevo días reconstruyendo recuerdos, conversaciones y cosas que pasaron y que creía olvidadas. Escribir sobre lo que su vida y su muerte representan para mí está siendo una catarsis, una manera de detenerme en nuestra historia como no lo había hecho antes. No siento que esté descubriendo algo que no sabía. Estoy reuniendo recuerdos que durante años estuvieron ahí y que ahora miro unos junto a otros, desde este presente en el que mi padre ya ha muerto y yo intento contar lo que vivimos. Es como entrar en una habitación donde he ido dejando cosas y empezar a mirarlas una por una, sin haberlas puesto todavía en orden.

Entre esas cosas aparecen también nuestros encuentros de adultos: los trabajos que le encargaba, los muebles que hacía para mí y las conversaciones que teníamos a propósito de algún asunto práctico. Durante muchos años, buena parte de nuestro contacto pasó por esos encargos y por el dinero que había de por medio. Podíamos vernos, conversar y compartir un rato, pero de lo que había ocurrido entre nosotros nunca hablamos a fondo. Aun así, cuando estábamos juntos yo podía sentir su amor y probablemente él sentía el mío. Así recuerdo nuestra relación, distante y cercana a la vez.

En medio de todo lo que vivimos, nunca dejé de reconocerlo como mi padre. Lo era cuando le tuve miedo, cuando llegué a odiarlo y durante los años en que vivió en la calle. Más adelante, cuando consiguió recuperarse, volví a admirarlo. Era mi papá, el que me tocó, con sus defectos, sus virtudes y una vida de la que yo conocía solo una parte. Había cosas que sabía porque él me las había contado, otras que había vivido a su lado y otras que tal vez ya nunca conozca.

En junio de 2026 fui con mi familia a visitarlo a Armenia. Estaba muy enfermo; le costaba caminar, hablar y recordar algunas cosas. Me senté con él y grabamos una entrevista porque quería escucharlo contar su vida. Hablamos de su juventud, del ajedrez que habíamos compartido y de su deseo de escribir. Mis hijos estaban allí, oyendo a su abuelo hablar de un tiempo que ellos no habían conocido y de una vida de la que yo también formaba parte.

Me gustó escucharlo. Reconocía algunas de sus historias porque me las había contado antes; otras pertenecían a años en que apenas habíamos tenido contacto. Estuvimos juntos y él contó lo que quiso contar.

Había hecho el viaje con una decisión tomada: después de aquella visita no volvería a verlo. No sabía cuándo iba a morir; sabía que ese encuentro era lo último que estaba dispuesto a hacer. Lo había acompañado como sinceramente había querido hacerlo y no sentía que debiera hacer más. Todavía podía reconocer en mí algo de aquel niño que anhelaba su compañía, su sabiduría y su amor, y al mismo tiempo había aprendido hasta dónde quería estar con él. Para mí, aquel encuentro fue una despedida.

Fui padre muy joven. Desde entonces he pasado buena parte de mi vida acompañando a mis hijos mientras crecían y comenzaban a construir una existencia propia. Siempre he dicho que los hijos son prestados, aunque con esa expresión solamente quiero decir que no nos pertenecen. Durante sus primeros años dependieron de mí de maneras que no podían elegir. Mis decisiones, mis acciones y también mis errores formaron parte de las condiciones en las que crecieron. Tuve una responsabilidad enorme sobre sus vidas, pero nunca consideré que esa responsabilidad me convirtiera en su dueño ni me diera derecho a decidir quiénes debían llegar a ser.

Con los años esa relación cambia. Lo que antes me correspondía decidir va quedando en sus manos, y yo quiero que mis hijos puedan construir una vida que no necesite mi presencia para sostenerse. Que tengan sus criterios, sus relaciones y sus proyectos, incluso cuando sean distintos de los míos. Quiero seguir estando disponible, pero también aceptar que pueden elegirme o darme menos lugar del que yo quisiera. Haberlos criado no me concede el derecho a exigirles compañía como recompensa. Quizá sea más fácil ser indispensable que ser elegido. Ser indispensable asegura un lugar; ser elegido no.

Ahora me pregunto qué ocurre cuando miro esa misma relación desde mi lugar de hijo. Mi padre fue durante mis primeros años una de las personas más importantes de mi vida. Lo admiraba, buscaba su compañía y quería aprender de él. Después llegué a tenerle miedo, a sentir mucha rabia y a odiarlo. Hubo años en que prácticamente no tuvimos relación y otros en los que podíamos compartir, trabajar juntos y conversar. La manera en que lo miraba cambió muchas veces, así como lo que estaba dispuesto a compartir con él. Sin embargo, nunca dejó de ser mi papá.

He pensado que quizá ser padre sea, antes que cualquier otra cosa, una manera de nombrar una relación. Después están las responsabilidades que se ejercen dentro de ella, el cuidado, la compañía, la autoridad y todo lo que dos personas van construyendo a lo largo de sus vidas. Esas cosas pueden cambiar, desaparecer o adquirir formas muy distintas. La relación también puede perder cercanía y quedar reducida a unos pocos encuentros.

Pero esa permanencia no significa que la palabra padre contenga por sí sola todo lo que debería haber ocurrido entre nosotros. Cuando era niño necesitaba a mis padres de una manera que no podía elegir. No estaba en condiciones de decidir dónde vivir, cómo protegerme o cuándo dejar de compartir una casa con un adulto al que podía tenerle miedo. Mi vida transcurría dentro de las circunstancias que ellos construían y de las consecuencias de sus decisiones. Había cosas que disfrutaba profundamente y otras que me hacían sentir miedo, vergüenza o tristeza. Todas formaron parte de aquella infancia, aunque yo no tuviera la posibilidad de cambiar muchas de ellas.

Es una diferencia importante frente a lo que ocurrió cuando fui adulto. Entonces sí pude decidir cuánto quería acercarme a mi padre, qué estaba dispuesto a ofrecerle y qué cosas ya no quería compartir con él. Podía llamarlo, ayudarlo, trabajar a su lado o visitarlo sin que ninguna de esas decisiones estuviera garantizada por el hecho de ser su hijo. También podía tomar distancia. El niño que fui no tuvo siempre esa posibilidad; el adulto que soy ha podido elegir de qué manera estar en la relación.

Hay otra dimensión que también reconozco. Mi padre participó en que yo exista. Amo estar vivo y sé que él formó parte de las circunstancias que hicieron posible mi vida. Puedo sentir gratitud por eso sin convertirla en una deuda y sin tener que modificar lo que recuerdo de nuestra historia. Mi existencia no es una obligación pendiente de pago, como tampoco lo son las vidas de mis hijos frente a mí. No quiero que ellos sientan que me deben algo por haberlos criado, y tampoco he sentido que mi padre pudiera reclamarme una forma determinada de amor o de compañía por haber participado en mi nacimiento.

Eso no ha impedido que lo amara. Tampoco necesito convertir ese amor en una explicación de todo lo que vivimos. Hay cosas que mi padre hizo que tuvieron consecuencias reales y otras que admiro profundamente. Puedo reconocer ambas sin tener que decidir cuál de ellas representa al hombre entero.

Y aquí aparece otra cuestión que ahora me interesa especialmente. Mi padre fue mucho más que el padre que yo conocí. Antes de que yo naciera ya había tenido una infancia, una juventud, amistades, amores y deseos propios. Después siguió teniendo intereses, proyectos, conflictos y experiencias de las que yo no formaba parte. Quiso ser escritor, dedicó años al ajedrez, atravesó una vida de consumo y de calle, consiguió recuperarse y terminó construyendo una existencia distinta. Tuvo una relación espiritual con la vida y una manera particular de comprender el mundo. Algunas de esas cosas las conocí a su lado, otras me las contó y otras probablemente nunca llegaré a conocerlas.

Cuando pienso en mis hijos, también quiero reconocer que ellos nunca podrán conocerme por completo. Tendrán recuerdos de mí que yo quizá no conserve, interpretaciones de decisiones que tomé y experiencias que vivieron de una manera diferente de como las viví yo. Por mucho que los haya acompañado, no me corresponde decidir qué significado tiene para ellos haber crecido conmigo. Podré contar mi parte de la historia, pero no apropiarme de la suya.

Me encuentro ahora en esa misma situación con Félix. Puedo hablar de lo que viví con él, de lo que sentí cuando era pequeño, de lo que fui comprendiendo con los años y de las decisiones que tomé siendo adulto. Puedo contar también lo que él me dijo sobre su propia vida y detenerme en las palabras que dejó escritas. Pero no puedo ocupar su lugar ni decir que conozco todo lo que fue. Mi historia como hijo y su historia como hombre se encuentran en muchos momentos, aunque no sean la misma historia.

Quizá por eso, al intentar contar nuestra historia, me interesa tanto conservar las distintas edades desde las que lo conocí. No quiero mirar al niño que fui únicamente con los ojos del adulto que soy, ni convertir al hombre recuperado de sus últimos años en una corrección de todo lo que ocurrió antes. Cada etapa tuvo su propia realidad. En algunas encontré compañía, en otras miedo, y en otras una relación que podía elegir sin esperar que se pareciera a ninguna de las anteriores.

Cuando vuelvo a los primeros años, antes de las huidas y de la vida en la calle, encuentro a un niño que miraba a su padre con una admiración enorme. Las edades y las casas se me confunden, pero hay imágenes que no he olvidado. Una de ellas es la de sus manos haciendo melcocha.

Ponía a hervir panela y después comenzaba a trabajar aquella masa caliente con las manos. Se quemaba, pero seguía manipulándola sin que pareciera importarle. Yo lo miraba, impresionado por la fuerza de aquel hombre al que todavía no le veía debilidades. Era mi papá, el hombre que a mis ojos podía hacer cosas que ningún otro era capaz de hacer.

Al ajedrez también me acerqué mirándolo. Vivíamos en Pasto y yo tenía unos cuatro años. Él jugaba y yo observaba el tablero, le hacía preguntas y seguía sus movimientos. En aquella entrevista contó que un día le pregunté por qué había hecho cierta jugada cuando podía haber hecho otra. Según su recuerdo, me dio la razón y desde entonces empezó a enseñarme. Yo ya había olvidado cómo había comenzado aquella historia; él todavía podía contarla.

Pronto el ajedrez se convirtió en una parte enorme de nuestra vida. A los cinco años ya daba simultáneas, jugando contra varios adultos al mismo tiempo, y mi padre organizaba torneos y me llevaba a competir por Nariño. Me acompañaba en los viajes, me enseñaba y también me presionaba para que jugara. Era un niño rodeado de tableros, revistas y libros de ajedrez, y él estaba allí, guiándome y exigiéndome. El ajedrez era lo nuestro.

En Pasto vivíamos en familia. Mi madre me había enseñado a leer desde muy pequeño y antes de cumplir seis años ya leía literatura de adultos. La recuerdo cuidándonos; era mi reina en aquella época. Cambiamos varias veces de casa, por lo menos cuatro que todavía puedo recordar, y no siempre sé en cuál ocurrió cada cosa. Pero las partidas con mi padre, sus manos haciendo melcocha y la presencia de mi madre pertenecen a aquellos años que, mal o bien, conocí como hogar.

Mi padre ya consumía drogas, aunque entonces su adicción me parecía más disimulada. Me cuesta precisar cuándo comenzó a dejar de ser para mí aquel hombre invencible. Conozco algunos hechos porque los viví y otros porque él los contó después. Durante años hablaba de un socio, un amigo al que quería mucho y que, según decía, lo había robado. También tenía el proyecto de abrir una academia de ajedrez. Había preparado el lugar y mandado a hacer unas veinte mesas, pero, según contó en la entrevista, lo embargaron el día anterior a la inauguración. Lo vivió como un golpe enorme. Yo relaciono aquella crisis con el empeoramiento de su consumo y de su agresividad, aunque no puedo ordenar con precisión todo lo ocurrido.

Un día llegué a casa y encontré a mi madre golpeada. Había empacado unas pocas cosas y nos fuimos a Cali. Hoy sé que huíamos de la violencia de mi padre; el niño que era entonces no comprendía bien lo que pasaba. Ya habíamos ido de vacaciones y recordaba la ciudad con cariño, así que también estaba ilusionado con el viaje. En el bus vomité sobre otros pasajeros y me dio mucha vergüenza, aunque fueron comprensivos conmigo. Llegamos mi madre, mi hermanita y yo con lo poco que ella había conseguido empacar, sin un peso y sin saber qué hacer.

Nos quedamos primero con una hermana de mi mamá y sus dos hijos. Mi prima tenía la edad de mi hermana y mi primo era unos años mayor que yo. Vivían en una habitación a la que llamábamos «la comuna», y allí terminamos los seis. Dormíamos en colchones tirados en el piso, entre ropa amontonada y cosas que no había dónde guardar. Todo estaba sucio; era casi imposible organizar algo en aquel espacio. Mi madre comenzó a lavar platos en un restaurante y a visitar otros para vender gallinas. Hacía lo que encontraba para que comiéramos. Un tío, hermano de mi padre, nos ayudaba con el colegio.

A pesar de aquellas condiciones, no me recuerdo como un niño infeliz. En el barrio había muchos otros niños y jugábamos, corríamos, montábamos en bicicleta y pasábamos tiempo en la calle. Había fútbol, amigos y libros. Mi madre hacía lo posible por mantenernos, y yo podía disfrutar de esas cosas sin pensar constantemente en las dificultades de nuestra vida.

Después vinieron otros cuartos y pensiones. A veces nos echaban porque no podíamos pagar y teníamos que buscar dónde quedarnos de nuevo. Hubo alojamientos muy precarios; de uno de ellos recuerdo a unas mujeres que eran amables con nosotros y una bola enorme hecha con pedazos de jabón. Hoy pienso que aquel lugar podía haber sido un prostíbulo, pero entonces yo no sabía nada de eso. No consigo poner todas las viviendas en orden. A menudo cambiábamos de lugar por falta de dinero y, otras veces, porque estábamos huyendo de mi padre.

Él se había quedado en Pasto cuando salimos, pero algún tiempo después llegó a buscarnos. En Granada recuerdo que recorría el barrio gritando. Oíamos su voz y nos escondíamos. También aparecía a veces frente al colegio y gritaba desde afuera. Me daba una vergüenza enorme. Sentía que mis compañeros sabían lo que ocurría con mi padre y que me miraban como alguien inferior, aunque no sé cuánto conocían realmente de nuestra vida.

La vergüenza estaba relacionada también con una conversación que él había tenido conmigo cuando era pequeño. Me dijo que era drogadicto porque consideraba que yo ya tenía edad para saberlo. En el colegio nos advertían de los peligros de las drogas y yo sabía que aquello de lo que hablaban estaba dentro de mi casa. Sentí que cargaba con un secreto horrible, algo que debía ocultar a mi madre y a mi hermana. No recuerdo que él me pidiera guardar silencio; fui yo quien lo sintió así.

Durante aquellos años volvimos a vivir con mi padre y después volvimos a irnos. No hubo una sola huida ni un único regreso. Pasamos por casas, cuartos y fumaderos; en otros momentos estábamos escondidos o buscando nuevamente dónde dormir. Lo recuerdo pasando días encerrado, fumando basuco, y recuerdo el miedo que le tenía cuando convivíamos en esas condiciones. Mi madre podía conseguir algo para la casa, un televisor por ejemplo, y durante uno de esos regresos el objeto terminaba vendido. Lo poco que se conseguía podía desaparecer.

Su violencia contra mi madre nos hacía salir de nuevo. Yo seguía teniendo días de juego y alegría, pero también había miedo, rabia y una vergüenza que compartía poco. Con los años llegué a odiarlo. No puedo decir en qué momento exacto ocurrió; las casas, los regresos y los escondites se mezclan en mi memoria. Lo que sí sé es que aquel padre cuya compañía tanto había buscado en Pasto se había convertido en alguien de quien muchas veces quería estar lejos.

Finalmente dejamos de vivir juntos. Vendimos la nevera y algunos de los pocos muebles que quedaban, y el dinero se dividió. A mi padre le correspondió la mitad. Todavía recuerdo cuánto me dolió que recibiera esa parte. Mi madre, mi hermana y yo volvimos con mi tía y mis primos. Él se fue a vivir en la calle.

Pasó muchos años sin hogar, consumiendo y durmiendo donde podía. A veces lo encontraba. Mi padre había escrito poesía desde joven y siguió haciéndolo incluso entonces; recitaba versos en los buses para pedir dinero. Recuerdo especialmente una noche de mi adolescencia. Había salido a rumbear y estaba comiendo hamburguesas cuando se acercó declamando poemas, pidiendo dinero a las personas que estaban allí. No me reconoció de inmediato. Yo sí lo reconocí y empecé a llorar mientras lo escuchaba, antes de que se diera cuenta de que estaba frente a su hijo.

Cuando finalmente me reconoció, me pidió dinero. No recuerdo cómo terminó aquel encuentro.

Durante aquellos años mi padre decía que no moriría siendo adicto. No sé cuántas veces se lo escuché, pero recuerdo esa afirmación incluso en las épocas en que su vida parecía girar por completo alrededor del consumo. Antes había sido internado varias veces contra su voluntad en instituciones psiquiátricas. Hablaba de esos ingresos con mucha rabia, decía que detestaba los medicamentos y contaba que le habían hecho tratamientos de electrochoque. Se escapaba y volvía a aparecer en nuestras vidas. No sé qué pasó dentro de aquellos lugares; conocí principalmente lo que él contaba y lo que ocurría después de sus regresos.

Muchos años más tarde fue él quien pidió que le encontraran un centro. Estaba tan deteriorado que, según recuerdo, varios lugares se negaron a recibirlo. Finalmente lo aceptaron en uno y permaneció allí aproximadamente un año sin salir. Antes se había escapado de los internamientos; esta vez se quedó. Cuando salió había dejado de consumir drogas, y consiguió sostener ese cambio durante los años siguientes.

También dejó el cigarrillo, porque decía que fumar le despertaba deseos de consumir otras sustancias. Se propuso incluso cambiar la forma en que hablaba. Había adquirido tantas groserías durante los años de calle que le resultaba difícil quitárselas, pero él creía que aquel lenguaje lo devolvía mentalmente a la vida de consumo. Recuerdo el empeño que puso en cambiar esos hábitos. Volví a admirarlo, esta vez no por lo que podía hacer con las manos o por su habilidad para jugar ajedrez, sino por la determinación con la que estaba cambiando su vida.

La espiritualidad siguió siendo importante para él. Pertenecía a Subud y practicaba el Latihan desde mucho antes de recuperarse. En la entrevista contó que incluso cuando consumía procuraba pasar un día sin drogas para poder acudir a esa práctica. Le daba un valor enorme al ayuno y a la entrega espiritual. No sé qué peso tuvo cada cosa en su recuperación: el centro, la decisión de pedir ayuda, su práctica espiritual o el apoyo que recibió. Sé que encontró la manera de dejar de consumir y que después volvió a trabajar, viajar y emprender proyectos. Recuerdo que tuvo un kiosco y que buscaba distintas formas de ganarse la vida. También siguió escribiendo poesía.

En esa época nos veíamos de vez en cuando en reuniones familiares. Nos saludábamos con un «hola, papi», «hola, hijo», conversábamos un poco y después cada uno continuaba con sus asuntos.

Más adelante volvimos a convivir. Yo había vivido en Ecuador en distintas etapas; en una de ellas casi no tuve contacto con mi padre. En otra lo llevé a vivir conmigo. Primero estuvo en mi casa y después en una camaronera que yo tenía, donde permaneció aproximadamente cinco años. Seguía siendo inteligente, trabajador y capaz de ocuparse de varias cosas al mismo tiempo. Lo recuerdo trabajando sin parar, resolviendo problemas y buscando qué más podía hacer.

Volvimos también al ajedrez. Nos sentábamos frente al tablero como dos adultos, lejos de aquel tiempo en Pasto en que él me enseñaba y me llevaba a jugar con hombres mayores. Había pasado una vida entera entre esas partidas. Nos llevábamos bien; teníamos nuestras diferencias, pero podíamos sentarnos a jugar y disfrutarlo. El ajedrez había sobrevivido a todos aquellos años.

Mis hijos lo conocieron en esa etapa. Mi padre jugaba con ellos y se tiraba al piso para compartir sus juegos. Él mismo se llamaba «el abuelito lindo», y los niños terminaron adoptando ese nombre. Lo recuerdan con cariño. Yo disfrutaba de verlo así, compartiendo con ellos una parte de su vida que era distinta de la que yo había conocido en Cali.

Después regresó a Colombia y terminó estableciéndose en Amanecer, una comunidad de Subud cercana a Armenia. Conocía aquel lugar desde los años de indigencia, cuando llegaba para practicar el Latihan y, según recuerdo, dormía en tanques de agua abandonados. Regresó recuperado y compró una casa. Allí fue desarrollando su trabajo de carpintería: comenzó ayudando con trabajos de la comunidad, levantó su taller y llegó a tener un punto de venta junto a la carretera. Durante un año presidió también la comunidad. Estaba orgulloso de lo que construía y se mantenía ocupado en sus proyectos.

Con las manos que yo había visto hacer melcocha ahora fabricaba camas, mesas y muebles. También me hizo un comedor y aplicadores de rapé. Le encargaba cosas que necesitaba para mi casa o mi trabajo, y buena parte de nuestras llamadas tenía que ver con esos pedidos. A veces discutíamos porque sentía que me cobraba más que a otros clientes. Mi padre conservaba un carácter fuerte: se enfrentaba con vecinos, trabajadores o clientes y muchas veces me llamaba para contarme algún problema. Había dejado las drogas y reconstruido mucho de su vida, pero seguía siendo un hombre difícil en algunos aspectos.

Nuestra relación no se reducía a los encargos. Hubo visitas, partidas y conversaciones. Pero a mí me entristecía que una parte tan grande del contacto pasara por una transacción. A veces aceptaba condiciones que no habría aceptado de otro carpintero, quizá porque seguía existiendo algo de aquel niño que quería estar cerca de su padre. Con el tiempo dejé de encargarle muebles y hablamos menos. Él siguió con su vida en Amanecer, y yo con la mía.

Cuando Marce lo conoció, él le regaló un ejemplar de SimónPoesía, el libro que había publicado en 2007. Le escribió una dedicatoria en la que expresaba la alegría de saberla a mi lado y les deseaba bendiciones. Marce llegó a quererlo; le parecía un hombre interesante, con quien era agradable conversar.

Durante estos días he estado leyendo SimónPoesía. Había escuchado a mi padre recitar desde niño y sabía lo orgulloso que estaba de haber publicado un libro, pero hasta ahora apenas me había detenido en sus páginas. Allí encuentro al hombre que quería ser escritor y que también miraba el mundo a través de las palabras.

En la última entrevista nos contó que había escrito su primer poema siendo muy pequeño, después de enamorarse de una niña a la que no se atrevía a hablarle. Recordaba todavía sus versos y los recitó frente a nosotros, a pesar de que entonces le costaba recordar otras cosas. Dijo que le habría gustado dedicarse exclusivamente a escribir. También recordó que en su familia no lo comprendían y que trataban su vocación como una locura, como algo que no servía para ganarse la vida. Aún hablaba de aquello con frustración, convencido de que podría haber sido escritor si hubiera encontrado apoyo.

En el libro aparece un poema titulado «Presentación personal», donde escribe: «Soy quien escribe por la herida que el alma siente». También se nombra como Simón Poesía. No era solamente un oficio al que hubiera querido dedicarse: reconocerse como poeta formaba parte de su manera de hablar de sí mismo.

Sus poemas no se reducen a sus experiencias familiares. Escribió sobre Colombia, las ciudades y la música que había conocido, sobre personas que vivían con dificultades, sobre el amor, la espiritualidad y su propia manera de ver las cosas. Hay textos con los que puedo encontrarme cercano y otros con los que probablemente habría discutido. La poesía me permite conocer algo de lo que le interesaba, no descifrarlo por completo. Tuvo una juventud, amistades, deseos y preocupaciones que no giraban alrededor de su relación conmigo.

Entre sus escritos hay uno titulado «Nuestro hijo». Sé que lo escribió para mí. Habla del nacimiento de un niño y de una familia que lo recibe con amor. Es una forma en que mi padre quiso expresar aquel momento. La leo junto a los recuerdos que tengo de él, sin que unos tengan que corregir a los otros. Mi padre escribió sobre mi llegada al mundo. Yo he pasado estos días escribiendo sobre su paso por el mío.

En «Preludio» hablaba de escribir mientras tuviera vida. Mi madre también escribía, y a veces me reconozco en ambos en ese gusto por las palabras y por pensar las cosas.

Durante aproximadamente los tres últimos años empecé a notar que mi padre estaba menos acelerado. Seguía teniendo un carácter fuerte y no habían desaparecido sus preocupaciones, pero ya no lo encontraba tan dispuesto a discutir por cualquier cosa. Había pasado años saltando entre trabajos y conflictos; ahora lo escuchaba hablar con más calma. No sé cuándo empezó ese cambio, y tampoco puedo atribuirlo solamente a la enfermedad, porque lo había percibido antes de que su deterioro físico fuera tan grande.

En 2024 me escribió sobre los problemas de salud que empezaba a vivir. Había fumado durante décadas y consumido drogas durante muchos años. Decía que su cuerpo le estaba pasando «la factura de cobro que me está pasando mi vida de excesos». Seguía ocupado con el trabajo, pero había cosas que ya no podía hacer como antes. Cuando lo visité con Marce, aproximadamente dos años antes de su muerte, todavía lo encontré bastante entero. En otra visita, cerca de un año después, ya se veía mucho más desmejorado. Era extraño ver debilitarse a aquel hombre que yo había conocido trabajando sin parar.

En noviembre de 2025 le pregunté por mensaje cómo iba. Me respondió que estaba viviendo uno de los mejores momentos de su vida, que no tenía prisa de nada y que podía ser feliz a pesar de todo. Terminaba agradeciéndole a la vida. Le contesté: «Qué bonito papi». Él respondió: «No solo bonito hijo, sobre todo verdadero». Tenía problemas de salud, trabajo y dinero, pero quiso insistir en que lo que decía sobre su vida no era una frase bonita para quedar bien conmigo.

Después de la visita de junio de 2026 ya no volvimos a vernos. Creo que hablamos tres veces por teléfono; le costaba mucho hacerlo y a mí tampoco me nacía alargar las conversaciones. Sin embargo, en esos últimos encuentros noté algo que agradecía: ya no sentía que me llamara para pedirme dinero o insinuar alguna necesidad. Podíamos preguntar cómo estábamos, hablar un poco y despedirnos. En aquellos minutos la conversación no tenía que resolver nada.

Mi padre había reconocido que cometió errores y que le hizo mucho daño a mi madre. Había llegado a decir que no volvió con ella porque sentía que no tenía cara después de lo que había hecho. Entre él y yo nunca hubo una conversación semejante sobre mi infancia. No sé por qué no la tuvimos, ni conozco los motivos por los que él mantenía su distancia. Cuando nos veíamos podía sentirse el cariño, aunque no nos contáramos todo.

Estaba enfermo y tenía mucho dolor. No le gustaba estar en cama ni sentirse incapaz de hacer las cosas que todavía quería hacer. No quería morir. Pero cuando hablaba de esa posibilidad yo no le percibía miedo. Había algo en su manera de recibir lo que estaba ocurriendo que me parecía más cercano a la aceptación que a la resignación. No sé qué sentía en la intimidad, solo puedo hablar de lo que alcanzaba a ver cuando estaba con él.

Después de nuestras últimas llamadas supe poco de sus días. Había decidido que aquella visita sería la última, aunque entonces no sabía cuándo iba a morir. Mi padre falleció el 25 de octubre de 2026 en Amanecer. No conozco cómo fueron sus últimas horas.

Mi padre se dio muy mala vida. Eso lo sé. Hubo épocas en las que hizo cosas que hoy me cuesta siquiera recordar, decisiones que tuvieron consecuencias dolorosas para él y para quienes estábamos cerca. Pero también fue un hombre que vivió, que quiso, que se equivocó, que se enfrentó a su mundo y que consiguió levantarse después de haber caído muy profundo.

Durante muchos años contó la historia del socio que lo había traicionado. Aquello fue una pérdida enorme para él y seguramente dejó consecuencias que lo acompañaron durante mucho tiempo. Pero yo no recuerdo a mi padre como un hombre que hubiera hecho del sufrimiento una justificación permanente de su existencia. Podía quejarse, enojarse, guardar resentimiento y lamentar las oportunidades que había perdido, pero seguía haciendo cosas. Tuvo proyectos, se equivocó nuevamente, trabajó, escribió y volvió a empezar tantas veces como pudo. No parecía estar esperando que alguien le devolviera lo perdido para continuar viviendo.

No sé si puedo decir que fue autor de toda su vida. Tampoco creo que nadie lo sea de manera permanente. Hay momentos en los que vivimos con más conciencia y otros en los que quedamos atrapados en nuestros miedos, nuestros hábitos o nuestras propias historias. Mi padre tuvo muchos de esos momentos. Durante años estuvo sometido a una adicción que condicionó profundamente su existencia. Y, sin embargo, hubo un momento en que decidió pedir ayuda, permaneció en un centro de recuperación y consiguió dejar de consumir. Después construyó otra vida, sin que por eso desapareciera la anterior.

Pero cuando lo vi cerca de la muerte encontré algo que me produjo una admiración enorme. No parecía necesitar que su vida hubiera sido distinta para estar bien con la que todavía tenía. No lo veía lamentándose por una existencia desperdiciada ni aferrándose desesperadamente a la posibilidad de recuperar los años que habían pasado. Tenía motivos para arrepentirse, proyectos que no había realizado y deseos que seguramente seguían vivos. Su cuerpo estaba cada vez más débil y todavía tenía cosas que quería hacer. No quería morir. Sin embargo, había algo en su manera de recibir aquella realidad que me resultaba profundamente admirable.

He visto a otras personas acercarse a la muerte con la sensación de que todavía no han comenzado a vivir. Como si todo lo verdaderamente importante hubiera quedado pendiente de unas circunstancias que nunca llegaron, de un pasado que debía haber sido diferente o de una vida que todavía esperaban conseguir. No sé si eso explica lo que sentían realmente, pero es algo que he creído observar. En mi padre no encontré esa misma actitud. Había tenido una existencia difícil, llena de contradicciones, excesos, sufrimiento y también experiencias que disfrutó, proyectos que realizó y cosas que amó. Y, al menos en aquellos últimos encuentros, no parecía estar pidiendo una vida diferente de la que había sido suya.

No sé cómo llegó a vivir así sus últimos años. Quizá tuvo mucho que ver su espiritualidad, quizá la recuperación, quizá la edad, las experiencias acumuladas o algo que nunca me contó. Tampoco necesito atribuirle una conciencia que no puedo conocer. Hablo de lo que vi y de lo que él mismo llegó a decirme. Cuando me escribió que estaba viviendo uno de los mejores momentos de su vida, a pesar de sus dificultades, y yo le respondí que aquello era bonito, insistió en que, sobre todo, era verdadero.

Ahora comprendo un poco mejor por qué me impresionaron tanto esas palabras. No porque demostraran que mi padre había vivido bien, ni porque sus últimos años pudieran reparar todo lo anterior. Me impresionaba que aquel hombre, que había conocido circunstancias tan distintas y había tomado decisiones de las que seguramente se arrepentía, pareciera poder encontrarse con su vida tal como era. Que no necesitara justificarla, convertirla en una historia ejemplar ni negar lo que había ocurrido para continuar viviendo.

De niño admiraba a mi padre porque me parecía invencible. Después admiré su capacidad para salir de una vida de consumo que había durado tantos años. Pero creo que la admiración más profunda apareció al final, cuando ya no tenía aquella fuerza física y su vida estaba llegando a su término. Lo que admiré fue esa manera de estar frente a lo vivido, sin necesitar que hubiera sido otra cosa.

No sé si mi padre murió en paz. Lo que sé es que, al menos dentro de mí, así lo recuerdo. Y si hoy elijo quedarme especialmente con algo de su vida, es con esa manera de recibir su final. No porque lo último borre lo anterior, sino porque entre todas las formas en que conocí a mi padre, esa es una de las que más me importa conservar.