ENSAYO

El costo de una elección no decide si me estoy traicionando

Víctor Silva

Durante mucho tiempo me hizo sentido pensar que podía reconocer una traición hacia mí mismo por el costo que estaba pagando. Si algo me exigía demasiado tiempo, demasiada energía, demasiado dolor o demasiadas renuncias, parecía razonable sospechar que quizá me estaba sacrificando. Todavía creo que hay elecciones en las que uno puede pasarse por encima para conservar algo, pero ya no creo que el tamaño del costo permita saberlo. Vivir cuesta. Elegir cuesta. Toda elección real deja algo afuera. El tiempo que pongo aquí no está disponible allá, una relación que elijo modifica otras vidas que podría haber vivido, un proyecto puede ocupar años, tener hijos cambia posibilidades, decir que sí cierra caminos y decir que no también. Puedo perder muchísimo y seguir reconociendo plenamente una elección como mía. Puedo estar cansado, triste, asustado o atravesar una pérdida enorme sin que nada de eso demuestre que me traicioné. El costo solo dice que algo costó.

Eso parece obvio hasta que la vida empieza a poner delante precios que uno no quiere pagar. Porque no solo hay costos en aquello que elijo. También hay realidades que llegan sin pedirme permiso. Alguien que amo puede querer irse. Un hijo puede tomar una decisión que considero equivocada. Algo que construí puede terminar. Puedo perder algo importante por una acción ajena. Ninguna de esas cosas tiene que haber sido elegida por mí para convertirse en parte de mi vida. Hacerme cargo no significa decir que yo las causé, ni que soy culpable, ni que todo depende de mí. Significa algo mucho más sencillo: esto está aquí y nadie puede vivirlo por mí. Si alguien me atropella y pierdo una pierna, puede existir un culpable perfectamente claro, pero la pierna que falta es la mía. El otro puede responder por lo que hizo; no puede vivir por mí la vida que quedó después. Ahí empieza, para mí, la autoría: no en controlar la realidad, sino en ocupar mi lugar dentro de la realidad que hay.

Y ese lugar puede ser muy costoso. Tal vez por eso resulta tan tentador salir de él. A veces ser autor significa tener que vivir algo que no quiero vivir: aceptar que alguien no quiere estar conmigo, que mi hijo puede equivocarse, que un proyecto terminó, que perdí algo que necesitaba o que una decisión mía produjo un resultado que no quería. Frente a eso puedo actuar, intentar cambiar cosas, pedir, proponer, insistir, reparar. Hacerme cargo no es resignarme. Pero hay una diferencia entre actuar frente a una realidad y necesitar que esa realidad deje de existir porque no quiero asumir su costo.

Imaginemos que estoy con alguien que quiere dejarme y yo quiero que se quede. Puedo hablarle, pedirle que lo piense, decirle lo que siento, proponer que intentemos otra cosa. Todo eso puede seguir ocurriendo entre dos personas que conservan su lugar. Pero puede llegar un momento en que la realidad sea suficientemente clara: esa persona no quiere estar conmigo. Entonces aparece un precio que yo quizá no quiero pagar. Tener que vivir que quiero a alguien que no quiere quedarse. Puedo aceptar ese costo o puedo intentar sustituirlo por otro. Puedo manipular, culpar, amenazar, controlar o hacer lo necesario para conseguir que se quede. Tal vez incluso funcione. Tal vez conserve la relación. Pero para evitar el costo de su decisión habré intentado ocupar una decisión que no me corresponde.

El movimiento contrario se parece mucho. Quiero conservar una relación, hay algo que no quiero aceptar y sé que sostener mi posición puede costarme perderla. No quiero vivir esa posibilidad, así que cedo. No porque haya cambiado de opinión, ni porque ahora esa sea realmente mi elección, sino porque no quiero pagar el precio de sostener la que sí reconozco como mía. En un caso intento decidir por el otro para no vivir el costo de su autoría; en el otro dejo que el otro decida por mí para no vivir el costo de la mía. Uno agranda mi cancha hasta ocupar la ajena. El otro la encoge hasta entregar la propia.

Ahí es donde empiezo a reconocer algo más parecido a traicionarme. No porque esté pagando demasiado, sino porque para evitar un costo estoy utilizando una autoría como moneda. La mía o la del otro. Eso cambia completamente la pregunta. Ya no se trata de cuánto estoy perdiendo, sino de qué estoy dispuesto a hacer para no tener que vivir lo que la realidad me está poniendo delante.

Por eso hoy entiendo el sacrificio de otra manera. Sacrificio no es dar mucho. Una persona puede dedicar años al cuidado de alguien, gastar dinero, perder sueño, renunciar a oportunidades y seguir reconociendo cada una de esas decisiones como suyas. El costo puede ser enorme y no haber sacrificio. El sacrificio aparece cuando dejo una parte de mí que no quería dejar para conservar u obtener algo. Si para que la relación continúe tengo que pasarme por encima, el problema no es simplemente que la relación me esté costando mucho. El problema es que no quise asumir el costo que habría tenido sostener mi propio lugar. Y aquello que dejé no desaparece del todo: puede reaparecer después como factura, expectativa o deuda.

La entrega puede dejar pérdida. El sacrificio deja deuda.

Eso me obliga a mirar una posibilidad incómoda: a veces no me traiciono porque estoy dispuesto a pagar demasiado. Me traiciono porque no estoy dispuesto a pagar el costo real de ser autor. Quiero conservar el matrimonio, pero no quiero vivir el riesgo de que se acabe si sostengo una posición mía. Entonces cedo algo de mí. No quiero vivir que mi hijo puede equivocarse, así que intento decidir por él. No quiero vivir que alguien puede dejarme, así que intento impedir que su decisión tenga efecto. No quiero vivir que una etapa terminó, así que sigo manteniéndola porque perderla me resulta insoportable. En todos esos casos el problema no es que la vida me esté cobrando demasiado. Es que intento encontrar otra moneda para no pagar el precio que me corresponde afrontar.

Pero esto no significa que ser autor consista en soportarlo todo. Esa sería otra forma de perderme. Puedo mirar una situación y decir simplemente: ese precio no lo quiero pagar. No necesito demostrar que el otro está equivocado, convertirlo en villano, encontrar un diagnóstico o justificar mi decisión con una teoría. Puede bastar con reconocer que esa no es la vida que quiero. Hacerme cargo de una realidad no significa conservarla. Puedo hacerme cargo terminando una relación, abandonando un proyecto, diciendo que no o retirándome de algo que ya no quiero vivir.

La dificultad es que tampoco existe una opción gratuita. Si me voy, algo pierdo. Si me quedo, también. Si digo que sí, ocurre algo. Si digo que no, ocurre otra cosa. A veces ninguna posibilidad conserva todo aquello que valoro. Elegir no consiste en encontrar una salida sin costo, sino en reconocer qué precio estoy dispuesto a asumir dentro de la realidad que hay.

Por eso serme leal tampoco consiste en evitar el dolor ni elegir siempre lo que me resulte agradable. Tampoco es ponerme primero en una jerarquía donde todo lo mío vale más que lo de los demás. Es algo más concreto: no abandonar mi lugar simplemente porque ocuparlo cuesta. Poder reconocer lo que quiero y lo que no quiero, qué me corresponde decidir y qué no, y hacerme cargo de la realidad que aparece cuando esas decisiones encuentran las decisiones de otros.

A veces eso implicará perder. A veces cambiaré de opinión. A veces elegiré algo muy difícil porque sigue siendo la vida que quiero vivir. Otras veces diré que no porque el precio no me interesa. Ninguna de esas cosas, por sí sola, dice si me estoy traicionando.

Por eso ya no me sirve preguntarme cuánto me cuesta una elección.

La pregunta que queda es más incómoda:

¿qué estoy dispuesto a hacer conmigo o con otro para no tener que vivir el costo de la realidad que tengo delante?